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Notas de Mr. Kite

¿Pelis o videojuegos?

¿Pelis o videojuegos?

Un amigo suelta en una conversación variada que el cine ha muerto. Yo me quedo mirándole esperando y desando una apostilla a la frase y, afortunadamente, llega la misma. “Tal y como lo entendemos”. Ese “tal y como lo entendemos” se refiere a una forma distinta a la de hoy de ver el cine. Y se puede evidenciar de muchas formas, la más rápida es que para que una película te guste no tiene porqué haber una recreación de efectos especiales epatante. Mi amigo, que además es la persona que conozco que más sabe de cine, añade que ahora “las películas siguen a los video juegos”, y yo me permito el lujo de añadir el detalle de que “bueno, ahora el público adolescente es el máximo consumidor de cine y antes no era así”. Y claro, a un chico de 15 años le mola mucho más una buena hostia a cámara lenta que ver a Tom Doniphon disparando a Liberty Valance y perdiendo todo su futuro tras ese disparo. Y si además pensamos que a un chico de 15 años le gusta más el GTA que un tebeo de Mortadelo, pues es fácil llegar a la conclusión de que el cine que se hace ha cambiado notablemente. Y el GTA mola, y Mortadelo también. Pero cuando con 15 años ya estás extorsionando a gente en un videojuego, pues como que las historias sin puñetazos te parecen un rollo.

Atentados como “La liga de los caballeros extraordinarios” o Van Helsing pasan por taquilla con una decencia tal –en cuanto a números- que a mí me parece sorprendente. Pero es lo que hay. Como mi amigo añadía luego, “salvo los frikis”, el resto consumen de forma aplastante la apuesta cinematográfica de patadas, hostias, vampiros adolescentes, gore electromecánico, músculos de atleta, piruetas y acrobacias imposibles, triunfo constante y situaciones físicas al límite (situaciones emocionales al límite son de gente lila, frikis, maricones o simplemente aburridos gilipollas). Otro ejemplo maravilloso es Sherlock Holmes, que se parece tanto al personaje de Conan Doyle como el pato Donald a Cristiano Ronaldo. Pero, insisto, es lo que hay, el lenguaje ha cambiado porque la gente que recibe el mensaje ha cambiado. Así es. Antes la gente que consumía cine eran de 25 para arriba, ahora son de 15 para arriba. Y también hay que ser honestos. La inocencia cada vez se pierde antes. Esto es así, no es ni malo ni bueno. A mí me da algo de pena por todo lo que se deja de disfrutar. Cuando eres inocente todo te impresiona más, todo te deja más huella, la capacidad de sorpresa es mayor y eso se me antoja bonito. Pero yo debo ser un lila, friki, aburrido y gilipollas –y seguro que alguno me añade lo de maricón-.

A pesar de todo…creo que hay opciones a que no todo se pierda.

Hace un tiempo le sugerí a una amiga de las que ven cine “de ahora”, que viera Luces de la Ciudad, sugerencia digna de un loco inconsciente, o sea yo, porque la peli en cuestión es del año 1931, en blanco y negro y ¡¡¡¡¡muda!!!!!, pero yo soy así de inocente –aún-. Mi alegría fue que la película la encantó. Alegría desbordante. Y pensé que todavía hay gente que puede preferir ver a John Wayne disparando a Lee Marvin en la película de John Ford que mencioné antes que la tercera parte de Matrix. O de asombrarse del discurso de Marlon Brando al pueblo de Roma en la adaptación de Shakespeare de Mankiewicz antes que a Jim Carrie en cualquiera de sus películas–aunque alguna se salva para mí-. O maravillarse de la magia de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados, o pasárselo pipa con El Golpe, o sonreir amargamente con El Apartamento…

Pero sería injusto pensar que ya no hay películas así. Claro que las hay, la cuestión es que son las menos, porque antes ese era el cine comercial y ahora se han dado vuelta las tornas y ese es el cine independiente, lo que conlleva que no de dinero y, por tanto, se hagan menos o simplemente se conozcan menos. Sería injusto que pensara que ya no existe ese cine “tal y como lo entendemos” cuando veo películas como “Lost in traslation” o Big Fish, o cualquiera de Woody Allen –por cierto, ¿¿¿qué ha pasado con Edward Burns???-. Lo que pasa es eso, que se hacen menos.

Y bueno, sentándonos en el presente. El invierno cada vez golpea más fuerte en la puerta. Yo creo que el otoño ya le ha dejado entrar.

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