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Notas de Mr. Kite

Otro viernes esperando el fin de semana

Otro viernes esperando el fin de semana

Los momentos en que el deseo se funde con pequeños retazos de realidad presente tendrían que estar sonorizados, tendrían que tener música, a ser posible de Henry Mancini.  Además deberían tener sabor... sabor a martini seco. Y el color...violeta.

Entre el instante en que disfrutas y te das cuenta de lo que disfrutas, corren veinticinco libélulas cargadas de fondie de chocolate para repartirlas en el festín que se está produciendo en tu mente. Es un instante tan sutil que solo te das cuenta de su pasado, jamás de su presente, y cuando reflexionas sobre él ya lo estás echando de menos. 

Creo que los fines de semana son un invento raro burgués, o capitalista según me de por un discurso u otro, para que la gente tenga motivos para volver al trabajo el lunes. Porque, reconozcámoslo, fines de semana sublimes tienes uno, con suerte dos, al año. El resto son pasables y alguno horroroso, con lo cual lo de volver al trabajo se convierte en algo necesario para volver a poner la esperanza en que el próximo fin de semana sea de los sublimes. 

Los enamorados pueden tener cuatro, cinco, hasta diez fines de semana sublimes. Pero claro, para estos no cuenta lo del lunes porque viven en tal estado de embriaguez que no saben si el lunes es lunes o si es un oso pardo con forma de calendario. Para ellos los lunes son un momento más en el que disfrutar su amor. 

Los dueños de los hoteles también pueden tener más de 2 fines de semana sublimes, sobre todo si es temporada alta. Pero los empleados andan jodidos. 

Y los frívolos, esos también. Esos pueden tener hasta veinte fines de semana sublimes. Por la sencilla razón de que convierten lo simple en trascendental y lo trascendental en simple y con este juego tan maravilloso van disfrutando como si fueran abejas que van de flor en flor. Mírales, mírales como liban. 

Yo soy de los de la masa, de los uno o dos al año. Claro que horrorosos tengo más de dos, y es que a mi todo lo que no es sublime muchas veces se me antoja horroroso sin serlo. Es la maldita manía de poner los umbrales en lugares inaccesibles. 

Los lugares de felicidad deberían tener el botón de PLAY, para poner en marcha la música...

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