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Notas de Mr. Kite

Fitzgerald, Príncipes y Couldyun

Fitzgerald, Príncipes y Couldyun

Hoy he estado leyendo de nuevo a Fitzgerald. Y también algo del principito. Lo del principito es un pasaje recurrente, el del zorro domesticado. Sentirse zorro es una putada, pero también hay que recordar que el zorro le pidió al pequeño príncipe que le domesticase. Todo eso está pintado con bellas palabras que no ocultan el dolor del relato

"Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...

De Fitzgerald el pequeño Absolución, que no me fascina como otros, pero que me encanta como posible prólogo a Gastby (me imagino que Rudolph sería la infancia de Jay). Y me encanta el reflejo de la culpa católica inculcada por el padre en el hijo. Toda una realidad maravillosamente contada por ese puntal de la literatura americana.

En algún lugar de Londres...

- William, cuanto tiempo hace que no recuenta sus errores.

- No le entiendo inspector

El cuarto donde el sargento Soppot y el inspector Couldyun conversaban era una habitación maloliente donde el asesino había vuelto a dejar sus credenciales. Una habitación de un hotelucho de Londres donde al parecer una señorita bien vestida y un caballero con aires aristocráticos habían subido al cuarto para hacer “cosas en las cuales nunca me meto” tal y como había declarado el recepcionista. Restos de sangre sobre almohada hacían que el momento fuera tenso.

- Salgamos William, en cuanto a los errores. ¿Los conoce?, ¿sabe de sus errores?

- Pues nunca había pensado en ello.

- Me lo imaginaba.

- Y usted inspector, ¿los conoce?

El inspector se paró en el rellano de la escalera que daba a la recepción del hotel. La alfombra del suelo amortiguaba cualquier sonido y dio la sensación de que también amortiguó sus palabras. Se quedó pensando y dijo

- Conozco bastantes, mis pesadillas entre otros. Hoy le diré uno...

- ¿Cuál?

- La impaciencia. Y salgamos a la calle, nos vendrá bien el aire fresco de Londres.

 

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