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Notas de Mr. Kite

El Lodo del tiempo - 2 -

El Lodo del tiempo - 2 -

Hoy toca una nueva entrega de Maxi en la Europa de principios de siglo XX...echo de menos a quien le gustó.

 

     Tras ese primer contacto en el andén de la estación Oeste,  el resto fue más normal, salvo algún que otro comentario. Era media tarde y se entretuvo contándome los preparativos que había en casa para la comida de Navidad. Comeríamos pavo, como a mi me gustaba. Todo debía estar como a mi me gustaba, al menos eso decían mama y Olga. También estarían Otto -el marido de Olga- y la tía Fedra que siempre pasaba las navidades con nosotros, olvidando por unos días su casa en Landstadt y sus idas y venidas por los hospitales buscando algún enfermo a quien obsequiar sus tartas, tartas que por otra parte nosotros solo veíamos y saboreábamos en contadas ocasiones.

     De Otto puedo decir que nunca me pareció estar a la altura de mi queridísima hermana. Era un tipo de esos que van por el mundo subidos en un pedestal y acicalándose el bigote, porque suelen llevar la última moda en estética y por aquella fechas eran los finos bigotes que personalmente me horrorizaban pero que a mi hermana debían fascinarla. Se conocieron a principios del 15 y mi hermana cayó enseguida en las redes de ese rufián. Era horrible ver a mi hermana mayor babeando cada vez que se mencionaba a Otto. Siempre la había admirado por su sentido común, pero en aquellas fechas observé algo nuevo en ella, además de ser mi hermana era una mujer, y con el tiempo me fui dando cuenta de lo que eso significaba.

     Otto era hijo de general y cuando conoció a mi hermana era un teniente con ¡22 años!; enseguida pensé que siendo hijo de general podías ser teniente incluso antes de alcanzar la pubertad, con lo que no tenía ningún mérito lo del tal Otto. Además, en cuanto intercambié con el las primeras palabras supe que perderíamos la guerra, esa guerra por la que yo y unos cuantos como yo habíamos abandonado la universidad y nos estábamos destrozando el cuerpo y la mente a cientos de kilómetros de casa. Mientras, el tal Otto no había pisado jamás una trinchera.

     Redes de distribución de material, de eso decía que se encargaba, "muy importante" apuntillaba siempre, "sin nosotros se derrumbarían todos nuestros ejércitos en combate". Nunca le dije que había visto como un soldado moría encogido por el frío sin una manta que le aliviase el sufrimiento. Redes de distribución de material. ¿Qué le había pasado a mi hermana?; se casaron dos años después, cuando fue posible ir a la iglesia sin que mi hermana se derrumbase de felicidad al decir "si quiero". Fue una bonita boda considerando que estábamos en guerra, pero mi familia siempre supo organizar un compromiso social. Cuando todos los burgueses se morían por un título nobiliario, mi padre se moría por ser un burgués, mejor dicho, el burgués, no quería acceder a ninguna clase de título, prefería ocuparse exclusivamente de sus negocios y de rodearse de una camarilla de otros como él, y de esos nobles a los que todos envidiaban. Siempre decía que es mejor tener un amigo duque que serlo uno mismo. El tiempo le dio la razón, pero yo no tuve la paciencia del tiempo.

Mientras Olga trataba de mantenerme distraído comentándome los preparativos de casa, yo me entretenía buscando un cigarrillo en un bolsillo que no acertaba a encontrar, pasé así un rato hasta que me di cuenta de que no llevaba la guerrera y de que el tabaco lo tenía guardado en la maleta.

     - Mama está encantadora con Otto,-dijo Olga-, el otro día se fueron los dos a montar a caballo por el bosque.

     - Y tú, ¿no fuiste? - pregunté de un modo mecánico, ¿dónde iba a ir Olga sin su Otto?, me decía mientras inmediatamente surgía la duda de si no tendría celos de ese ser pretencioso.

     - No. Necesitaba estar sola, además montar a caballo nunca me resultó excesivamente agradable -mentía, mentía y además sabía que me daba cuenta. Recuerdo que era capaz de perderse un estreno en el Burgtheater para descansar por la noche y estar en forma la mañana siguiente para cabalgar. ¿Qué pasaba?

     - Si no recuerdo mal, me obligaste a aprender a montar cuando lo único que quería era jugar en el embalse. Un embalse precioso por cierto.

     - Bueno, eso era hace mucho tiempo, cuando era joven.

     - Nunca pensé que te fueras a considerar una anciana a los veintiséis años, -la verdad es que hacía poco tiempo había visto verdaderos ancianos con apenas veinte años, pero mi hermana no había visto morir a sus amigos. Ella era fuerte, salvo cuando babeaba. Entonces me di cuenta, había dejado de babear, pero se veía unida a un estúpido presuntuoso y eso la dejaba desconcertada. Por fin había visto lo que había detrás del bigote, y lo que vio no era tan atractivo como ella esperaba. Lo único que pudo encontrar detrás fue el deseo de llevar el bigote, y eso, conociendo a mi hermana, le resultó algo más que decepcionante. Sabía que algún día se daría cuenta, solo me preocupaba que fuese demasiado tarde.

     De momento todo quedó en unas palabras intercambiadas y en una reflexión que ya me resultaba familiar. Olga volvió a hablarme de lo bonita que estaba la casa mientras que avanzábamos por la estación y nos dirigíamos a coger un coche que nos llevase a la afueras, a la casita de las afueras, mi padre era todo un burgués y yo no tenía ganas en esos momentos de pensar en lo bueno o malo de ello. Empezaba sentir el cansancio del viaje, y mis deseos iban desapareciendo para resumirse en uno que tuviese cuatro patas y un buen colchón. Dormir sobre tierra es una idea acogedora cuando se llevan más de treinta horas despierto, pero por unos días eso quedaba atrás. La proximidad de un lecho suave y confortable hacía que mis ansias de pasear por los pasillos de la Universidad de Viena buscando a aquel joven entusiasta que años antes había pensado, reído, discutido, e incluso amado entre sus paredes, quedasen pospuestos para un momento que le resultase menos doloroso a mis músculos magullados. 

     Mientras Olga trataba de mantenerme distraído comentándome los preparativos de casa, yo me entretenía buscando un cigarrillo en un bolsillo que no acertaba a encontrar, pasé así un rato hasta que me di cuenta de que no llevaba la guerrera y de que el tabaco lo tenía guardado en la maleta.

     - Mama está encantadora con Otto,-dijo Olga-, el otro día se fueron los dos a montar a caballo por el bosque.

     - Y tú, ¿no fuiste? - pregunté de un modo mecánico, ¿dónde iba a ir Olga sin su Otto?, me decía mientras inmediatamente surgía la duda de si no tendría celos de ese ser pretencioso.

     - No. Necesitaba estar sola, además montar a caballo nunca me resultó excesivamente agradable -mentía, mentía y además sabía que me daba cuenta. Recuerdo que era capaz de perderse un estreno en el Burgtheater para descansar por la noche y estar en forma la mañana siguiente para cabalgar. ¿Qué pasaba?

     - Si no recuerdo mal, me obligaste a aprender a montar cuando lo único que quería era jugar en el embalse. Un embalse precioso por cierto.

     - Bueno, eso era hace mucho tiempo, cuando era joven.

     - Nunca pensé que te fueras a considerar una anciana a los veintiséis años, -la verdad es que hacía poco tiempo había visto verdaderos ancianos con apenas veinte años, pero mi hermana no había visto morir a sus amigos. Ella era fuerte, salvo cuando babeaba. Entonces me di cuenta, había dejado de babear, pero se veía unida a un estúpido presuntuoso y eso la dejaba desconcertada. Por fin había visto lo que había detrás del bigote, y lo que vio no era tan atractivo como ella esperaba. Lo único que pudo encontrar detrás fue el deseo de llevar el bigote, y eso, conociendo a mi hermana, le resultó algo más que decepcionante. Sabía que algún día se daría cuenta, solo me preocupaba que fuese demasiado tarde.

     De momento todo quedó en unas palabras intercambiadas y en una reflexión que ya me resultaba familiar. Olga volvió a hablarme de lo bonita que estaba la casa mientras que avanzábamos por la estación y nos dirigíamos a coger un coche que nos llevase a la afueras, a la casita de las afueras, mi padre era todo un burgués y yo no tenía ganas en esos momentos de pensar en lo bueno o malo de ello. Empezaba sentir el cansancio del viaje, y mis deseos iban desapareciendo para resumirse en uno que tuviese cuatro patas y un buen colchón. Dormir sobre tierra es una idea acogedora cuando se llevan más de treinta horas despierto, pero por unos días eso quedaba atrás. La proximidad de un lecho suave y confortable hacía que mis ansias de pasear por los pasillos de la Universidad de Viena buscando a aquel joven entusiasta que años antes había pensado, reído, discutido, e incluso amado entre sus paredes, quedasen pospuestos para un momento que le resultase menos doloroso a mis músculos magullados.

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